Mundo ficciónIniciar sesiónEl dolor se había evaporado. Ya no quedaban lágrimas, solo una rabia ciega que le quemaba las entrañas.
Emma caminó a paso rápido por las frías calles de Manhattan, apretando el bolso contra su pecho.
No iba a permitir que Rodrigo y Leah se salieran con la suya.
No iba a ser la pobrecita exnovia a la que todos mirarían con lástima en esa estúpida boda. Si esperaban verla llegar derrotada, se iban a tener que tragar cada una de sus burlas.
Sacó su teléfono del bolso con tanta brusquedad que casi se le resbala de los dedos, y marcó el único número que sabía que no le fallaría.
—¿Sam? —dijo apenas escuchó la línea abrirse, con la voz ronca pero firme—. Necesito un favor enorme. Que me prestes todo el dinero que tengas ahorrado. Te lo juro por mi vida que te lo devolveré.
Hubo un silencio de dos segundos al otro lado.
—Emma, me estás asustando. ¿Es Para la cirugía de tu mamá?
—No, es para otra cosa, me exigen doscientos cincuenta mil dólares para la próxima semana, Sam. Lo que tengo ahorrado no alcanza ni para las gasas —la voz le tembló por un segundo, pero tomó aire y endureció el tono—. Pero acabo de encontrar la forma de conseguir el dinero. Leah vino a buscarme al hospital.
—¿La víbora de tu hermanastra? ¿A qué demonios fue?
—A restregarme en la cara una invitación. Se casan este fin de semana, Sam. Y el novio... es Rodrigo.
—¡¿Qué tu ex?! —el grito de indignación de su amiga casi la deja sorda—. ¡Ese maldito infeliz y cobarde! Te juro que lo mato, Emma, yo misma lo...
—No, Sam, escúchame —la interrumpió Emma—. No me importa Rodrigo. Lo que importa es que este fin de semana es la maldita boda. Mi padre estará ahí, rodeado de todos sus socios de negocios. Voy a ir a esa fiesta y lo voy a acorralar frente a toda la alta sociedad de Nueva York. O se compromete a pagar la cirugía de mi madre, o le armo un escándalo que destruirá su preciada reputación para siempre.
—Emma, estás loca. La seguridad de los Monte de Oca te va a echar a patadas a la calle antes de que cruces la puerta. No te van a dejar acercarte a tu papá.
—No si llego bien acompañada —sentenció Emma, mirando la dirección de la agencia de actores en su teléfono—. Voy a contratar a alguien. Alguien que luzca tan poderoso y arrogante que los guardias ni siquiera se atrevan a pedirle una invitación. Es mi única opción, Sam.
—Dios mío... Te acabo de transferir mis ahorros para las vacaciones —respondió su amiga tras un suspiro pesado—. Pero está bien, ve a salvar a tu mamá, cariño. Y cómetelos vivos.
—Gracias. Te amo.
Colgó. Con su fondo de emergencias y el dinero de Sam, tenía lo suficiente.
Horas antes, había visto por casualidad en internet un anuncio sobre una agencia exclusiva en el centro financiero de Manhattan que alquilaba "acompañantes de élite" para eventos de la alta sociedad.
Actores de primera, tipos guapos y bien vestidos que se hacían pasar por millonarios para salvar las apariencias. Era exactamente lo que necesitaba para aplastar el ego de Rodrigo y de su padre.
Llegó corriendo a la dirección.
Era un rascacielos imponente de cristal oscuro.
“Piso 45”, repetía en su cabeza, “Agencia de Talentos”.
Su mente estaba tan nublada por la prisa y la angustia que pasó de largo por el gigantesco logo dorado en el lobby que rezaba Corporación Altamirano.
Vio un ascensor de puertas negras a punto de cerrarse y se metió de un salto.
Jadeando, se apoyó contra el espejo del fondo.
No se fijó en que no había botones para marcar los pisos, ni en que ese ascensor era un expreso privado que no se detenía en el piso 45, sino que subía directo a la cima, al penthouse corporativo.
Cuando las puertas se abrieron con un suave sonido, Emma salió disparada.
Esperaba encontrar una sala de espera ruidosa, con recepcionistas, teléfonos sonando y modelos de catálogo esperando su turno.
En su lugar, el pasillo estaba sumido en total quietud que resultaba intimidante.
Los pisos eran de mármol negro y las paredes de cristal daban a una vista vertiginosa de todo Nueva York.
"Vaya, sí que cobran bien por alquilar novios", pensó Emma, ignorando todas las señales de alerta.
Al final del pasillo vio unas inmensas puertas de madera, ligeramente entreabiertas. Sin pensarlo dos veces, empujó la puerta y entró de golpe.
La oficina era enorme. Y detrás del escritorio, no había ningún actor de catálogo.
Había un hombre.
Emma se quedó paralizada. Frente a ella estaba sin exagerar, el hombre más hermoso del mundo.
Tenía el cabello oscuro, un poco desordenado, y unos ojos grises, intensos y magnéticos, que la atravesaron de golpe.
Él se puso de pie lentamente, llenando el espacio con su gran altura y una presencia abrumadoramente masculina.
Al verla ahí parada, con la ropa húmeda por la llovizna y el pecho subiendo y bajando por la agitación, su rostro cambió de inmediato.
Él dejó los papeles sobre la mesa y dio un par de pasos hacia ella.
Al verla empapada, temblando y respirando con dificultad, la dureza de su rostro desapareció.
Sus ojos grises la recorrieron despacio, con una atención tan profunda que a Emma se le hizo un nudo en el vientre y se le olvidó hasta su propio nombre.
Ese pequeño gesto, esa mirada profunda e hipnótica recorriéndola de arriba abajo, hizo que a ella se le secara la boca y que el pulso le latiera en la garganta con una fuerza que no tenía absolutamente nada que ver con la rabia que sentía hace un minuto.
—Sé a qué se dedican en este edificio —dijo Emma, con la voz cargada de determinación—. Necesito un novio falso para una boda de alta sociedad. Alguien que parezca rico y arrogante, y veo que tienes la cara perfecta para el papel. Pago el doble de tu tarifa normal, pero necesito asegurarte hoy mismo para este fin de semana. ¿Lo tomas o lo dejas?







