De repente, el sonido de unos pasos pesados en el pasillo la hizo saltar. Rápidamente, cerró la carpeta y trató de guardarla en su lugar, pero en su prisa, un viejo sobre amarillento cayó al suelo. Antes de que pudiera recogerlo, la puerta de la biblioteca se abrió con un crujido lento.
Valeria se quedó petrificada. No era Leo. Era Robert, que la miraba con una expresión que mezclaba la decepción con una advertencia mortal.
“Valeria, te dije que no removieras el pasado”, dijo Robert, entrando y