A la misma hora, en el piso 40 de Selene Global, el ambiente era gélido. Leo estaba de pie frente al ventanal, con las manos entrelazadas en la espalda, observando cómo el cielo de la ciudad se teñía de violeta. Detrás de él, Robert tecleaba con una furia silenciosa.
“Dime qué me equivoco”, dijo Leo sin girarse. Su voz era como un bloque de hielo.
“No puedo, Leo”, respondió Robert, ajustándose las gafas. “Alguien ha intentado entrar en el servidor de Proyecto Londres. No ha sido un ataque de fu