Valeria entró en el penthouse de Leo con los dedos todavía entumecidos, no tanto por el frío de la noche de la ciudad, sino por el contacto con Marcus Thorne. Sentía que el olor a coñac y a ambición podrida de aquel hombre se le había quedado pegado a la piel.
Leo la esperaba junto al gran ventanal, con una sola luz encendida en la cocina. Al oírla llegar, se giró rápidamente. Su rostro, usualmente una máscara de control absoluto, se quebró al ver la palidez de Valeria.
“Ya está hecho”, susurró