Tariq entró en la torre de cristal de Al-Farsi Petroleum, su traje de tres piezas era una armadura pesada. La rabia en su corazón no era solo por la desobediencia de Eleanor, sino por el terror frío que le había dejado la llamada de su madre y la audacia de su esposa.
Ella no era una víctima dócil, era un arma de doble filo que acababa de apuntar a su propia cabeza. Se encerró en su oficina, la vista de Manhattan era un consuelo vacío. El control, su droga, se le había escurrido entre los dedos