En la mañana, entre la niebla persistente que envolvía la cabaña de Ramiro, pintando el interior con tonos dorados y ocres. Lucas, aunque aún pálido y con el hombro vendado, había recuperado algo de su energía, su mente ya inmersa en la planificación. Sin embargo, su vulnerabilidad física y la confesión de su pasado habían resquebrajado la fachada impenetrable que solía proyectar. Elena, observándolo, sintió una mezcla de compasión y una nueva determinación.
—Es arriesgado —dijo Lucas, su voz á