La luz del quirófano me pareció de repente demasiado blanca, demasiado fría. Mis manos, que siempre habían sido mi herramienta más fiel, estaban manchadas de una sangre que ya no circulaba. El monitor a mi lado emitió un pitido constante, lineal, un sonido que se me clavó en el pecho como una daga.
—Hora de muerte: 14:22 —dije en un susurro. Mi voz sonó extraña, como si perteneciera a otra persona.
—Hiciste todo lo que pudiste, Emma —dijo Cassy detrás de mí, poniendo una mano en mi hombro. Su vo