El frío de la madrugada en la montaña calaba hasta los huesos. Me alejé unos metros de la cabaña, necesitando que el aire gélido limpiara el olor a desesperación que se había pegado a las paredes. Encendí un cigarrillo con las manos temblorosas, algo que no hacía desde mis años en el frente.
—Ese humo delata nuestra posición, Capitán —dijo una voz suave a mis espaldas.
Me giré lentamente. Sila estaba apoyado contra un pino grueso, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta. Se veía