Narrado por Noah
Tenía los nudillos blancos de tanto apretar el volante del jeep. La imagen de ese tal Sila abrazando a Emma me quemaba las pupilas. ¿Cuántos más? ¿Cuántos hombres más saldrían de las sombras para reclamar una parte de ella? Me sentía como un estúpido, un guardián que había cuidado un tesoro que nunca le perteneció. La ironía era mi única defensa contra el impulso de bajarme y romperle la cara a ese tipo, o a Ariel, o a cualquiera que se atreviera a mirarla con ojos de dueño.
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