El aire en el hangar de suministros estaba cargado de polvo y el rugido de los motores, pero para mí, todo se quedó en silencio cuando vi a aquel hombre bajar del jeep civil. No era la postura rígida de un soldado, ni la elegancia pretenciosa de Dylan Gallardo. Era una melancolía que caminaba, una sombra de mi adolescencia que creí perdida en los callejones de mi memoria.
—¿Sila? —el nombre se me escapó como un suspiro, cargado de diez años de distancia.
Él se detuvo en seco. Sus ojos oscuros, s