El silencio en el refugio de la abadía era denso, interrumpido solo por el lejano tañido de una campana y el goteo rítmico de la humedad contra las piedras milenarias.
Marco Bianchi abrió los ojos, sintiendo que el peso del mundo se había aligerado ligeramente. Ya no estaba en la oscuridad de la bodega de Greco y el aire que respiraba, aunque frío, sabía a libertad.
— Despacio, Marco. No intentes ser un héroe todavía — la voz de Elena, suave y cargada de una ternura que le hizo vibrar el pecho,