El silencio en el refugio de la abadía era denso, interrumpido solo por el lejano tañido de una campana y el goteo rítmico de la humedad contra las piedras milenarias.
Marco Bianchi abrió los ojos, sintiendo que el peso del mundo se había aligerado ligeramente. Ya no estaba en la oscuridad de la bodega de Greco y el aire que respiraba, aunque frío, sabía a libertad.
— Despacio, Marco. No intentes ser un héroe todavía — la voz de Elena, suave y cargada de una ternura que le hizo vibrar el pecho, lo ancló a la realidad.
Ella estaba allí, ayudándolo a incorporarse.
Marco soltó un gruñido de dolor mientras apoyaba los pies en el suelo frío. Elena pasó el brazo de él alrededor de sus hombros, sosteniendo su torso firme contra el suyo, mientras la cercanía física fue como una descarga eléctrica.
El calor de su cuerpo, el aroma a jazmín que desprendía su cabello y la suavidad de su piel contra la de él encendieron una chispa que ambos habían mantenido sofocada bajo capas de deber, miedo y to