Darío no dudó ni un segundo. Una vez que la rejilla de hierro colado del túnel hubo caído con un sordo estrépito tras ellos, el mundo exterior, el Vaticano y la guerra con Greco, se convirtieron en un recuerdo lejano, sustituido por el presente inmediato, la oscuridad y el hedor a humedad.
El aire era pesado, cargado con el olor a tierra mojada, musgo y el rancio aroma de siglos de agua estancada.
— Vamos — la voz de Darío era un susurro gutural, amplificado ligeramente por las paredes abovedad