El búnker improvisado se había quedado en un silencio sepulcral, roto solo por el susurro estático del televisor de pantalla plana que Leo había conectado a la señal de internet de su móvil. En la pantalla, el rostro serio de un presentador de noticias ocupaba el primer plano.
Luciana se llevó las manos a la boca, con sus ojos fijos en el titular.
El periodista hablaba con gravedad sobre la evidencia irrefutable que vinculaba el robo del Códex Florentinus con una conspiración para desestabiliza