El búnker olía a tierra húmeda y a café recalentado. Luciana estaba junto al televisor, viendo el rostro descompuesto de Marco en la repetición del noticiero, cada palabra que él pronunciaba —Fanático, desequilibrado, loco de odio — era un puñal que validaba la falsa narrativa y acusaciones directas del maldito de Greco.
— Lo está destrozando, y a nosotros nos está hundiendo — susurró Luciana, sin apartar los ojos de la pantalla — No quiero ni imaginarme la forma en la que pudo amenazarlo para