Dario la soltó a regaña dientes.
— Tienes cinco minutos para llegar al Salón Azul. Yo me moveré por la ruta de ventilación hasta el techo. Que empiece el juego.
Dario salió de la oficina como un rayo.
Luciana tomó el arma que Dario había dejado en el escritorio y, por primera vez, sintió que no era la víctima, sino una guerrera. Miró el mapa, luego la niebla gris que se cernía fuera de la ventana.
Un susurro frío y sutil llegó por el intercomunicador de la oficina, rompiendo el silencio. Era la