Luciana, regresó a su suite. La luz del sol de la tarde caía en diagonal sobre los tapices. Caminó hasta el espejo de cuerpo entero y se miró. Su rostro era el mismo de siempre, pero la expresión era dura, los ojos fríos, y la postura, firme. Se tocó la cadera, sintiendo el peso de la pis*tola que llevaba oculta.
“ ¡Mátalos si es necesario! ”, él había dicho, las palabras de Dario resonaban en su cabeza una y otra vez, y Luciana se llenaba de pavor al pensar que nuca se le había ocurrido que ta