Mundo ficciónIniciar sesiónEl tiempo pareció dilatarse en la majestuosidad de San Juan de Letrán.
Cuando Stefano Greco apretaba el gatillo para borrar la existencia de Luciana, una sombra se desplomó desde el dosel del altar mayor.
Marco, ignorando el dolor lacerante de sus propias heridas y la debilidad que amenazaba con apagar sus sentidos, cayó con todo su peso sobre el hombro de Greco. El impacto fue seco, desviando el brazo del Capo justo cuando el disparo de la pequeña pistola cromada astillaba el mármol a centímetros de la cabeza de Luciana.
Marco, pálido y con la camisa empapada en sangre fresca, logró inmovilizar a Greco contra el suelo, pero sus fuerzas se agotaban, y sus dedos, que tantas veces habían esposado a criminales, apenas podían aferrarse a las solapas de Stefano.
— ¡Ahora, Darío! — rugió Marco, con la voz rota por el esfuerzo.
Darío no necesitó una segunda orden.
Cruzó el presbiterio en una carrera desesperada, saltando sobre los restos de un atri







