Los aposentos de Xavier eran el santuario indiscutible de un Alfa. El aire dentro de aquella suite presidencial era tan denso, espeso y cargado con su esencia que resultaba casi asfixiante: un aroma penetrante a pino silvestre, hielo invernal y un matiz sutil pero inconfundible de testosterona dominante que provocaba una reacción violenta en mi cuerpo, haciendo que mi loba interior se arrastrara presa de una sumisión biológica y, al mismo tiempo, se erizara en un estado de alerta máxima. El Vín