El golpe seco e imponente de mi puño cerrado contra la rugosa piedra del sótano no fue, ni de cerca, suficiente para aplacar el demonio que llevaba dentro. La frustración era una auténtica bestia viva, hambrienta y violenta que arañaba con saña las paredes de mi pecho, y lo peor de todo era que no tenía absolutamente nada que ver con los complejos y urgentes asuntos políticos de la manada.
Había visto a Madeline apenas unas horas antes en la penumbra de la biblioteca. Había estado pálida, sudan