El tiempo, ese juez implacable que en mis años de juventud medía únicamente en función de las batallas ganadas y los enemigos enterrados, se había transformado en un río profundo que corría con una velocidad sobrecogedora dentro de los muros de Luna Ancestral. Ya no era el dolor de las heridas del Norte lo que marcaba el paso de las estaciones, sino el crecimiento de los dos pilares que Madeline y yo habíamos traído al mundo.
Kael acababa de cumplir los diez años.
Para un observador humano, die