La llegada de nuestro segundo hijo no fue, bajo ninguna circunstancia, una irrupción caótica en nuestra realidad; fue una transición suave, orgánica y perfecta, como el paso pausado de una estación a otra. A diferencia del parto de Kael, que estuvo trágicamente marcado por la asfixiante tensión médica, el aislamiento y el recuerdo fresco de la guerra del Norte, este proceso se transformó desde el primer segundo en un ritual de pura celebración, luz y Vínculo sagrado.
Me desperté en mitad de la