El despertar no fue en absoluto un proceso gradual o difuminado por la modorra de la mañana. Fue, por el contrario, una toma de conciencia inmediata, nítida e increíblemente intensa del peso abrumador y del calor sofocante que se presionaba justo a mi espalda. No era la caricia familiar de la manta de lana gruesa. No era la superficie fría de la pared de piedra de la suite. Era él, con toda su monumental presencia biológica, ocupando el espacio que yo había considerado mi único refugio.
Abrí lo