El abrazo forzado en mitad de la suite finalmente había terminado, pero la densa sensación de su cuerpo anclado por completo al mío persistía en mis músculos como un tatuaje invisible. Cuando Madeline me exigió mirándome a los ojos ese contacto físico constante para asegurar la estabilidad biológica del cachorro, supe de inmediato que acababa de perder la última pieza útil de mi complejo juego de ajedrez estratégico. No me estaba enfrentando a una traidora descuidada, sino a una estratega deses