Capítulo 2: Xavier

Mi mente, que operaba siempre con la precisión fría, milimétrica y calculadora de un Alfa de treinta años que ha gobernado con puño de hierro, estaba en este preciso instante hecha auténticas trizas. Sentía la furia arder en mi pecho como un incendio forestal descontrolado; no era esa rabia estratégica y controlada que utilizaba habitualmente en las disputas territoriales o en las mesas de negociación con otras manadas, sino un rugido salvaje, primitivo y visceral que amenazaba con destrozar hasta el último resquicio de mi legendario autocontrol.

*Mate.*

La palabra resonaba una y otra vez en el interior de mi cabeza, como un eco burlón y distorsionado que se mofaba de mi posición. La Madre Luna no solo había esperado tres largas décadas —tres de los años más exigentes y competitivos de mi vida— para unirme finalmente a mi otra mitad, sino que parecía haber elegido con deliberada crueldad el momento y la forma más humillante para hacerlo. Justo delante de mí, temblando visiblemente bajo el peso aplastante de mi mirada inquisidora, estaba el objeto de mi instinto más sagrado, la hembra que el destino había reclamado para mí: una Omega desterrada. Una loba harapienta, deshecha, que apenas podía mantenerse en pie sobre la nieve y cuyo cuerpo magullado apestaba a sumisión y a derrota.

—¡Muévete! —gruñí, y el sonido emergió rasposo, pastoso por el esfuerzo sobrehumano de reprimir a mi propio lobo, que en mi fuero interno aullaba un torrente desbocado de desesperación y de una asfixiante necesidad protectora.

La agarré de nuevo por el brazo lesionado, forzándola con rudeza a caminar y a seguir mis pasos apresurados. No me atreví a transformarme en mi forma lobuna; sabía perfectamente que, si le daba el control a mi animal interior, este solo querría lamer sus heridas, protegerla del frío y arrastrarla de inmediato a un nido seguro lejos del escrutinio del mundo. Y eso, para un Alfa de mi estatus, era algo absolutamente inaceptable.

La tosquedad y la brusquedad de mi agarre eran completamente intencionales. Necesitaba que sintiera la rigidez de mis dedos, que percibiera mi desprecio en cada tirón y que supiera, desde el primer segundo, que este vínculo místico no era bienvenido por mi parte. Un Alfa de la Manada Luna Ancestral no acepta la debilidad ni la cobardía, y siempre había tenido claro que mi futura Luna debía ser una extensión idéntica de mi propia fuerza, una guerrera capaz de sostener el peso de un imperio. Ella, sin embargo, era todo lo contrario a mis expectativas. Era una paria, una mancha viviente en el orgullo inmaculado de mi manada.

Mientras la obligaba a seguirme a través del denso y oscuro bosque de Oregón, abriéndonos paso entre la maleza congelada, noté un detalle que me desconcertó: a pesar de su evidente fragilidad física y del dolor que debía sentir en su hombro ensangrentado, no se quejó ni una sola vez. No hubo un solo gemido de dolor, ni un reproche. Sus ojos seguían fijos en mi espalda mientras caminaba detrás de mí, pero en ellos no había súplica ni ruego de piedad; solo una hostilidad silenciosa, un resentimiento mudo que flotaba entre nosotros. Aquello me irritó sobremanera. Hubiera preferido mil veces que llorara, que gimiera de dolor o que mostrara la sumisión absoluta y decorosa que era propia de su rango inferior. Su desafío silencioso era una afrenta directa, una burla descarada a mi indiscutible autoridad.

*«Es tu Mate. Está herida, debilitada»*, siseó mi lobo en los confines de mi mente, arañando mi conciencia con una necesidad posesiva y feroz que me costaba ignorar.

*«Es una Omega. Y para colmo, desterrada por otra manada. No es digna de portar mi marca ni de sentarse en mi trono»*, le espeté con frialdad a mi animal interior, acallándolo temporalmente.

Pensé en mi manada. Mi gente, que respetaba la jerarquía y el poder como si se tratara de la vida misma, ¿cómo reaccionaría? ¿Aceptarían de buena gana que su Luna fuese una paria expulsada como basura? Lo sabía perfectamente. Cumplirían mis órdenes y la aceptarían formalmente por el peso sagrado del vínculo, pero a partir de ese momento me verían como un Alfa debilitado, un líder comprometido y forzado por el destino a aceptar una pareja de segunda categoría. Esto no era solo un inconveniente personal, era un golpe político directo a mi reputación. Y yo jamás, bajo ninguna circunstancia, permitía golpes a mi poder.

La llevé a paso rápido por el camino más directo y oculto, sintiendo cómo el olor familiar de mi campamento y las hogueras se hacía cada vez más fuerte a medida que nos aproximábamos. Necesitaba imponer el orden y marcar las reglas del juego antes de que mis segundos al mando, los guerreros y los rastreadores me vieran llegar con esta… ofensa a mi orgullo.

—Escúchame bien, Rose… —la detuve en seco en mitad de la penumbra, soltando bruscamente su brazo solo para girarla por los hombros con firmeza y obligarla a mirarme directamente a los ojos. Sus ojos, grandes, abiertos y asustados, eran de un color indefinido que, para mi fastidio y absoluto odio personal, me recordaron al caramelo quemado; una mirada que resultaba extrañamente cálida y, a la vez, completamente destrozada por el sufrimiento.

—Madeline —me corrigió ella de inmediato, entornando los ojos y hablando con una voz que, para mi sorpresa, sonó asombrosamente firme a pesar del temblor de su cuerpo.

Una chispa de fuego. Aquello me pareció interesante por un breve instante, pero me encargué de apagar rápidamente cualquier atisbo de rebelión en su mirada.

—Me da exactamente igual cómo te llames, Omega —sentencié, bajando el tono de mi voz hasta convertirlo en un susurro peligroso—. Desde este preciso momento, tú me perteneces. No tienes voz, ni voto, ni opinión en la Manada Luna Ancestral. No tienes, ni tendrás, el estatus de Luna. —Pronuncié cada sílaba remarcándola con fuerza, dejando que mis palabras cayeran sobre ella como un decreto inmutable—. Tu existencia en estas tierras es un simple asunto de biología y de instinto, no de honor. No vas a hablar con absolutamente nadie de tu estatus ni del vínculo. Eres una exiliada y serás tratada como tal por todos los miembros, a menos que yo decida lo contrario.

La humillación la golpeó de lleno. Vi con claridad cómo el brillo de sus ojos de caramelo se apagaba un poco más, hundiéndose en la sumisión, y mi lobo se revolvió en mi interior con un profundo desagrado ante el dolor de nuestra pareja. Pero mi lógica Alfa y mi pragmatismo prevalecieron sobre el instinto. Tenía que ser claro y despiadado. Necesitaba levantar una pared de hielo infranqueable entre nosotros dos si quería sobrevivir intacto a esta ridícula y defectuosa unión.

—¿Lo entiendes? —pregunté, endureciendo mis facciones en una mueca que no permitía réplica alguna.

—Sí —su respuesta fue apenas un soplo de aire, casi inaudible, pero mantuvo una firmeza que se me clavó en el pecho.

Continuamos la marcha a través de la espesura en un silencio sepulcral y tenso. Al cruzar la línea de árboles y llegar al claro principal del campamento, toda la actividad de la manada se detuvo en seco. Los guerreros bajaron las armas, las mujeres se detuvieron y un silencio sepulcral se extendió por el lugar. Mi manada pudo olisquear el aroma inconfundible y embriagador del Vínculo flotando en el aire, pero también percibieron de inmediato el aroma desconocido, débil y herido de una loba de bajo rango. El respeto reverencial hacia mi posición y la confusión más absoluta se mezclaron de inmediato en los rostros de mis lobos.

Mi Beta, Damien, un hombre alto, robusto y de una lealtad inquebrantable, se acercó a nosotros con paso firme, frunciendo el ceño de forma evidente ante la vista de la Omega maltrecha, sucia y herida que permanecía a mi lado.

—Alfa Xavier… ¿quién es ella?

—Ella es Madeline —declaré en voz alta, utilizando su nombre de pila únicamente para marcar mi derecho de propiedad ante los demás, desprovisto de cualquier atisbo de afecto o calidez. La presión de las miradas de toda la manada se sintió densa sobre mis hombros; todos y cada uno de ellos contenían el aliento, esperando que pronunciara la palabra definitiva: Mate.

Inhalé profundamente, llenando mis pulmones y notando, muy a mi pesar, el dulce pero sumamente irritante aroma de su piel. El vínculo me estaba matando por dentro, retorciéndome las entrañas y exigiéndome a gritos que le diera un trato suave, que la consolara. Lo ignoré por completo, endureciendo mi corazón.

—Ella es mi Mate —la palabra brotó de mi garganta con una aspereza tan cortante que la hizo sonar más a una condena a muerte que a una bendición—. Ha sido desterrada de la Manada Juvik. Está aquí bajo mis órdenes directas. Es una invitada temporal con derecho estricto de refugio. No tiene ningún tipo de estatus político ni derecho a corona. —Alcé la mirada para recorrer a todos mis lobos, proyectando mi voz de mando, alta y autoritaria, para que resonara en cada rincón del claro—. Nadie la toca, nadie le falta el respeto, pero tampoco nadie la honra ni se arrodilla ante ella. Se le asignará el antiguo cuarto de la lavandería en el ala de servicio de la casa principal. ¿Entendido?

La manada, visiblemente confundida ante mis palabras pero siempre obediente a la jerarquía, asintió al unísono, agachando la cabeza en señal de sumisión.

Mis ojos, fríos como el invierno de Oregón, volvieron a posarse sobre Madeline, detallando su postura debilitada.

—Bienvenida a tu nuevo infierno, Omega.

La empujé sutilmente por el hombro hacia un joven Gamma que ya se había acercado para escoltarla y sacarla de mi vista. Mientras ella se alejaba lentamente hacia el edificio de servicio, sentí un vacío físico y doloroso en el pecho, justo donde se suponía que debía asentarse la conexión con mi pareja. Cerré la mano derecha en un puño cerrado, apretando los dientes para aplastar la súbita y estúpida necesidad de llamarla de vuelta y exigir que regresara a mi lado.

Mi Luna, la mujer que la Madre Luna había escogido para mí, era una Omega rota y desahuciada, y el único destino que alcanzaba a ver en el horizonte para ella, y para mí, era el desprecio mutuo.

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