El Destino De Una Omega Rota
El Destino De Una Omega Rota
Por: ClaudiaNavarreteDiaz
Capítulo 1: Madeline

Mis pulmones ardían con cada bocanada de aire helado de Oregón, un aire que se sentía como agujas de cristal entrando en mi garganta con cada respiración forzada. Llevaba ya dos días huyendo sin tregua, dos días donde el tiempo había dejado de medirse en horas y había pasado a contarse en el dolor de mis pies, en el peso de mis párpados y en el pánico constante que me empujaba a seguir adelante. Cada minuto en este bosque maldito era un recordatorio físico, una marca invisible pero dolorosa, de mi nuevo y miserable título: Omega Desterrada. La Manada Juvik, el único hogar que había conocido, me había expulsado de sus tierras como si fuera basura infecta, un despojo del que debían deshacerse lo antes posible. Y todo por haber cometido el peor pecado imaginable en el mundo de los licántropos: intentar enfrentarme al Alfa Weide por lo que me hizo. Él me humilló, usó su posición para pisotear mi dignidad, y cuando busqué justicia, la manada simplemente le creyó a su líder. Siempre lo hacen. En su retorcida jerarquía, la balanza del poder nunca se inclina hacia el débil; por supuesto, jamás creerían en la palabra de una simple Omega frente a la voz incuestionable de su Alfa.

El miedo que me atenazaba las entrañas no era solo a ser atrapada por los rastreadores de Juvik o por cazadores oportunistas. Era algo más profundo y desgarrador: la soledad absoluta. Era el conocimiento frío e innegable de que un lobo no sobrevive mucho tiempo solo en el bosque profundo, desprovisto del lazo comunitario, expuesto a los elementos y a las bestias, especialmente si ese lobo ya está roto por dentro, quebrado en mil pedazos imposibles de reconstruir. Necesito con desesperación un lugar donde vivir, necesito un refugio, por pequeño o miserable que sea, donde poder estar en paz y reconstruir los fragmentos de mi existencia después de todo lo que tuve que vivir bajo el yugo de Weide.

Me detuve un instante, apoyando una mano temblorosa contra la corteza rugosa y congelada de un pino de dimensiones colosales. Mi corazón golpeaba mis costillas con una brutalidad tan rítmica y descontrolada que me mareaba, nublándome la vista con ráfagas de puntos negros. En ese momento, el dolor sordo de mis músculos fatigados y el entumecimiento de mis extremidades eran el menor de mis problemas. Una punzada sorda, un espasmo violento y repentino me hizo doblarme a la mitad, arrancándome un jadeo ahogado. Era un malestar punzante en mi vientre, una sensación extraña, pesada y alarmante que no había sentido jamás en mi vida.

—No. Por favor, no… —susurré para mí misma, de rodillas sobre la nieve sucia, enterrando el rostro en mis manos frías, agrietadas y temblorosas—. No puede ser, no puede ser, por lo que más quieras, no…

El pánico, un terror líquido y sofocante, se apoderó por completo de mi mente. El abuso de Weide no solo me había robado mi paz, mi inocencia y mi lugar en el mundo; ahora caía en la cuenta de que podía haberme impuesto la peor de las cadenas: un hijo. Un niño. La idea me dio escalofríos. ¿Cómo podría una Omega sin manada, sin nombre, errante y completamente desprovista de protección criar a un cachorro en mitad de la nada? Un niño concebido por ese monstruo, que llevaría la sangre del ser que destruyó mi vida. El terror, lejos de paralizarme, actuó como un catalizador destructivo, inyectándome una nueva, aunque amarga y desesperada, oleada de energía. Tenía que seguir moviéndome. Tenía que negar esa sospecha por ahora, enterrarla en lo más profundo de mis pensamientos para no volverme loca, y concentrarme únicamente en sobrevivir un día más.

Continué arrastrando los pies a través de la densa maleza, obligando a mis piernas a responder a pesar del cansancio extremo, hasta que, tras abrirme paso entre unos arbustos espesos, di de frente con una cerca vieja, maltrecha y cubierta de musgo denso y zarzas espinosas. Me detuve en seco. El aire olía diferente aquí, la atmósfera misma había cambiado drásticamente; el oxígeno era más puro, impregnado de un aroma más intenso a pino y a tierra húmeda, pero, por encima de todo, estaba cargado con la presencia latente de una loba poderosa. Sin embargo, no era solo eso. Mezclada con la fuerza femenina del territorio, había una esencia dominante, un aroma espeso que gritaba *Macho Alfa* y que hizo que mi propio instinto se pusiera en alerta máxima. Era el territorio de otra manada, y no una cualquiera, sino una sumamente poderosa, de esas que no toleraban intrusos en sus fronteras.

Guiada puramente por el instinto de conservación, mis ojos recorrieron la estructura de alambre hasta encontrar un pequeño hueco en la base de la cerca. Sin pensarlo dos veces, me arrodillé y me arrastré por el agujero, sintiendo cómo las afiladas puntas del alambre de púas rasgaban sin piedad la tela ya gastada de mi ropa y la piel expuesta de mi hombro. El dolor agudo de la carne abriéndose apenas me importó; era un precio justo, una ganga, a cambio de conseguir unas horas de ventaja frente a cualquier peligro que viniera pisándome los talones. Me desplomé pesadamente al otro lado del perímetro, hundiéndome en la hojarasca, respirando ese aire ajeno, denso y cargado de advertencias implícitas. Agucé el oído, intentando escuchar el crujido de las pisadas de los guardianes de la frontera o el gruñido de advertencia de alguna patrulla. Silencio absoluto.

Estaba a salvo. O al menos eso fue lo que tontamente pensé durante un breve y engañoso segundo.

Sentí el cambio drástico en el ambiente mucho antes de llegar a verlo con mis propios ojos. El aire a mi alrededor pareció espesarse de golpe, volviéndose pesado como el plomo, y la presión en mis sienes aumentó de forma alarmante, dificultándome el simple acto de tragar saliva. Me puse completamente rígida contra el suelo, con el corazón en la garganta, sabiendo con una certeza absoluta que mi presencia ya había sido detectada por el dueño de esas tierras.

Y entonces, emergiendo de entre la bruma del bosque, apareció él.

Era un hombre alto, de hombros increíblemente anchos, que se movía entre los árboles con la gracia mortal, silenciosa y precisa de un depredador Alfa en la cúspide de su poder. Iba vestido con ropas oscuras que parecían mimetizarse con las sombras del bosque, y su aura era tan devastadoramente potente, tan cargada de autoridad innata, que sentí cómo mi propia loba interior se encogía instantáneamente, sumisa, presa de una mezcla contradictoria de respeto ancestral y terror primario. Sus ojos, del color del hielo más puro y cortante, estaban fijos en el rastro de sangre y tela que yo acababa de dejar colgado en la cerca. Su rostro era rudo, de facciones fuertemente cinceladas por la dureza de los inviernos y las batallas, gobernado en este momento por una expresión de frialdad y severidad absolutas.

Xavier Tomicik. Lo supe de inmediato, sin necesidad de una presentación, sin que mediara una sola palabra. Los rumores sobre su letalidad cruzaban las fronteras de los estados. Él era el temido Alfa de la Manada Luna Ancestral.

Presa del pánico, intenté retroceder sutilmente, buscando desaparecer en las sombras protectoras de los arbustos, pero ya era demasiado tarde para esconderse. Él levantó la cabeza con un movimiento firme. Cuando sus ojos de hielo se encontraron directamente con los míos, una fuerza invisible pero colosal me golpeó de lleno en el pecho. No era un ataque físico, sino una sacudida profunda, mística y desgarradora que resonó con eco hasta la médula de mis huesos, haciendo vibrar cada célula de mi ser. En ese microsegundo, el olor ambiental a pino, hielo y peligro se transformó instantáneamente, fundiéndose en una fragancia embriagadora y única que mi loba reconoció al instante, la única que aceptaría por el resto de su existencia.

La incredulidad y la sorpresa que cruzaron el rostro del Alfa duraron solo un instante antes de transformarse en una mueca que fue un golpe mucho más duro y doloroso que la patada de un semental directamente al pecho. La expresión de sus facciones era de total, absoluta y profunda repulsión.

—¿Qué demonios…? —gruñó, y el sonido de su voz fue como el crujido de la madera vieja rompiéndose bajo el peso de un río congelado. Me recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en mis harapos, en mis heridas y en mi postura rota, mostrando un desprecio que me caló hasta los huesos—. ¿Tú eres mi Mate? ¿Una Omega desterrada? —Escupió cada una de las palabras, arrastrándolas con una voz cargada de una ira fría y contenida, como si el destino se estuviera burlando cruelmente de él.

Me encogí sobre mí misma, sintiendo el látigo del rechazo agrietar cada fibra de mi alma, un dolor psicológico que rivalizaba con los peores tormentos físicos.

—Yo… yo solo estaba huyendo —logré susurrar a duras penas, obligando a mis cuerdas vocales a emitir sonido alguno, mientras mi voz temblaba descontroladamente por el pánico latente y la fatiga acumulada de los dos días de marcha—. Busco un lugar donde vivir… solo eso.

Xavier se acercó a mí. Sus pasos eran completamente silenciosos sobre la nieve y la hojarasca, pero el impacto psicológico de su avance era atronador, como si el suelo temblara bajo el peso de su soberanía. Sin una pizca de delicadeza, me tomó bruscamente del brazo lesionado, levantándome parcialmente del suelo; su agarre era de hierro, firme, implacable y doloroso, recordándome la abismal diferencia de fuerza que nos separaba.

—Pues has huido al lugar equivocado, Omega —sentenció, clavando sus ojos gélidos en los míos, una mirada que prometía con total claridad que no habría un ápice de amor, compasión o calidez en la posesión que estaba ejerciendo—. Te llevaré a mi manada. No te equivoques, no lo hago porque te quiera o porque me importes. Sino porque el destino es lo suficientemente estúpido como para hacerte mía.

El frío cortante de la noche de Oregón pareció disiparse por completo, eclipsado y aplastado ante el frío absoluto, cortante y eterno de su desprecio. El destino me había jugado la broma más macabra de todas: acababa de encontrar a mi Mate, a mi otra mitad, y él me odiaba con todo su ser.

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