Mundo ficciónIniciar sesiónEl cuarto de lavandería era una auténtica celda.
No tenía barrotes de hierro forjado ni pesadas puertas de piedra, pero la humedad densa que se pegaba a las paredes, el olor penetrante y químico a detergente barato de uso industrial y el constante, casi desquiciante murmullo de las tuberías de agua vieja que corrían por el techo lo hacían sentir mucho más opresivo y asfixiante que cualquier prisión en la que hubiese estado antes. Era un cubículo minúsculo, apenas un recoveco olvidado al final del ala de servicio de la mansión, y a través de la pequeña ventana sucia y cubierta de grasa solo podía ver la imponente, gris y desnuda pared exterior de la casa de la manada. Era, a todas luces, un lugar diseñado exclusivamente para almacenar cosas rotas, viejas u olvidadas por el tiempo. Y ahora, por obra del destino, era mi nuevo hogar. Xavier, el Alfa que la Madre Luna había decidido de forma caprichosa que me pertenecía, me había asignado a este rincón abandonado con una frialdad casi quirúrgica, desprovista de cualquier atisbo de humanidad. Su declaración pública ante toda la manada —aquellas palabras que me tachaban de “una invitada temporal con derecho de refugio que no tiene estatus político”— todavía resonaba con eco en mis oídos, quemándome el orgullo. En lugar de recibirme con los brazos abiertos y convertirme en la Luna respetada de su manada, Xavier me había transformado, con un solo discurso, en su más humillante y vergonzoso secreto personal. Mi cuerpo entero aún dolía con intensidad por la interminable caminata de dos días y por los rasguños sangrientos que el alambre de púas de la cerca había dejado en mi hombro, pero el dolor más agudo, punzante y difícil de soportar era el rechazo absoluto de Xavier. No era solo su desprecio racional lo que me hería; era el grito agonizante, el quejido desgarrador de mi propia loba interior, que en cuanto reconoció a su otra mitad se había lanzado ciegamente a los pies de su Mate solo para ser pateada y pisoteada sin piedad. El Vínculo entre nosotros se sentía ahora como una cuerda invisible y peligrosamente tirante que unía a la fuerza dos corazones que se detestaban, y esa tensión no era solo mental; era una respuesta física, un nudo constante, pesado y doloroso que se retorcía en la boca de mi estómago. El Gamma que me había escoltado hasta este calabozo de servicio se había limitado a dejar una manta vieja, raída y una bandeja de metal con una comida escasa y fría antes de marcharse sin decir una sola palabra, evitando activamente encontrarse con mi mirada en todo momento. No los culpaba por su actitud. Las órdenes del Alfa habían sido sumamente claras para todos los miembros: nadie debía honrarla. Me senté con cuidado sobre la manta extendida en el suelo, apoyando la espalda cansada contra la fría y húmeda pared de concreto. A pesar del agotamiento físico que amenazaba con hacerme colapsar, mi mente se negó rotundamente a descansar. Había sobrevivido milagrosamente al destierro de Juvik, pero ahora me encontraba atrapada en el centro neurálgico de la temible Manada Luna Ancestral, conviviendo con un Alfa que me odiaba profundamente y cargando a cuestas con un secreto que, minuto a minuto, me devoraba las entrañas. Tenía que confirmarlo de una vez por todas. Necesitaba saber con absoluta certeza si el terrible, violento y oscuro acto del Alfa Weide había tenido consecuencias definitivas y permanentes en mi cuerpo. Mi ciclo menstrual había sido completamente errático e impredecible desde que el trauma y el abuso me habían golpeado meses atrás. No había estado atenta a las fechas ni a los detalles, pues toda mi energía mental había estado concentrada exclusivamente en correr y sobrevivir. Sin embargo, la punzada de dolor extraña y aguda que había sentido en mitad del bosque, sumada a la náusea ligera y ácida que me había despertado repentinamente esta mañana, eran signos biológicos inequívocos que, incluso una Omega agotada y desnutrida como yo, no podía darse el lujo de ignorar. Me levanté del suelo con dificultad, arrastrando mis extremidades entumecidas, y me dirigí hacia el pequeño y oxidado fregadero de la esquina, abriendo el grifo con dedos temblorosos. El agua salió con un chorro irregular y completamente congelado. Me mojé la cara repetidas veces, intentando espabilarme, y me obligué a mirar mi reflejo en el espejo deslustrado y manchado que colgaba sobre la pared. Mis ojos estaban hundidos, rodeados de marcadas ojeras oscuras, pero mi mandíbula permanecía firmemente apretada, tensada por una nueva, férrea y desesperada determinación. Tenía que ser muy, pero muy precavida a partir de este instante. Tenía la obligación de monitorear los cambios de mi cuerpo día tras día, aferrándome a la frágil esperanza de que todo esto fuera simplemente una respuesta física al estrés extremo de la huida. Si llegaba a revelar mis sospechas ahora, bajo el contexto del odio profundo que Xavier me profesaba, estaba segura de que me desterraría de nuevo sin dudarlo, o peor aún, usaría la existencia del niño como una herramienta política de venganza y guerra contra Weide, poniéndome a mí y a la criatura en un peligro directo y mortal. No podía permitir que eso sucediera. Debía asegurarme por mí misma primero y, solo entonces, decidir con calma cuándo o si realmente revelaría la verdad. Me concentré al máximo, apartando los ruidos de las tuberías. Puse mi mano temblorosa sobre mi vientre, que bajo la tela de mi ropa rota todavía se sentía plano, firme y completamente normal. Cerré los ojos con fuerza e intenté buscar en mi interior, intentando sentir el menor rastro de una nueva vida allí dentro, utilizando ese instinto reproductivo y agudo que todas las lobas poseen por naturaleza. Sin embargo, en la oscuridad de mi mente solo obtuve una respuesta: el frío del miedo y el nudo asfixiante del Vínculo de Xavier. *«No hay nada. Solo es el pánico, Madeline. Es el hambre y el cansancio»*, traté de convencerme a mí misma en un susurro, buscando desesperadamente un alivio psicológico que no llegaba. Intenté autoengañarme, pero en ese mismo instante, el olor penetrante a grasa del cordero frío que me habían dejado en la bandeja de metal me revolvió el estómago de forma violenta, provocando que una oleada de bilis subiera por mi garganta. Tuve que apartar la mirada de la comida. No me atreví a probar ni un solo bocado; necesitaba mantener el control y estar alerta, no terminar completamente debilitada por las náuseas frente a mis captores. De repente, el pestillo de la puerta de mi cuartucho crujió y la madera se abrió de golpe, sin previo aviso ni cortesía alguna. Xavier estaba allí, de pie, ocupando la totalidad del estrecho marco de la entrada con su imponente figura. Su aura de Alfa dominante era tan vasta, pesada y sofocante que en cuanto dio un paso al frente pareció que el espacio físico de la lavandería se había encogido a la mitad. Me puse inmediatamente de pie, adoptando una postura rígida, negándome a mostrarme indefensa ante él. —Las Omegas no se sientan a holgazanear en esta manada. Aquí hay trabajo —sentenció. Su voz era baja, rasposa y resonaba con una autoridad innata que hacía vibrar las paredes del cuarto. —Haré lo que se me pida, Alfa —respondí de inmediato, forzando a mis cuerdas vocales a sonar estables y usando su título oficial como un escudo de formalidad para mantener las distancias. Xavier me ignoró olímpicamente, pasando por alto mi sumisión fingida. Su mirada fría y calculadora recorrió palmo a palmo el pequeño cuarto: se detuvo en la manta estropeada del suelo, pasó por la bandeja de comida intacta y, finalmente, se posó con fijeza sobre mí. Por un brevísimo e imperceptible instante, pude haber jurado que el hielo perpetuo de sus ojos azules se quebró sutilmente, viendo no a una Omega problemática que arruinaba sus planes políticos, sino a una persona de carne y hueso que se encontraba en un estado físico lamentable y destructivo. Pero la mirada fue fugaz, desapareciendo tan rápido como había llegado. —Tu trabajo principal será en la cocina. Limpieza pesada. Y luego, cuando termines allí, trabajarás organizando los archivos en la biblioteca de la manada. Exijo silencio absoluto mientras estés en mis dependencias, ¿entiendes? —ordenó, dando un paso hacia adelante. Al acortar la distancia, su olor me golpeó de lleno en el rostro; era una fragancia potente, embriagadora, puramente masculina, impregnada de pino y tormenta, que provocó que mi loba interior gimiera silenciosamente de dolor, suplicando por un contacto físico y afectuoso que él jamás me daría. —Entendido. Xavier dio media vuelta, estuvo a punto de cruzar el umbral para marcharse y dejarme sola, pero se detuvo en seco en el último segundo. Giró su cuerpo grande, imponente y rígido, clavando de nuevo sus ojos en los míos con una intensidad tan abrasadora y peligrosa que me obligó a tragar saliva con dificultad. —Te alimentaremos adecuadamente, y te daremos la seguridad que tus fronteras no te dieron —declaró. Su voz esta vez sonó un poco más suave en el tono, pero no por ello menos fría o implacable. Era una simple e impersonal declaración de hechos, una transacción, no una ofrenda de paz o reconciliación—. Pero no te confundas ni pienses por un segundo que eres bienvenida aquí, Madeline. Para mí, eres un error del destino que debo corregir y contener. Y cualquier intento de tu parte por deshonrar el nombre de esta manada o por forzar este Vínculo será castigado de inmediato con el destierro definitivo de nuestras tierras. ¿Está completamente claro? —Perfectamente, Alfa. Se dio la vuelta y se marchó tan rápido como había llegado, cerrando la puerta tras de sí y dejando en el aire un vacío poderoso y helado que tardó minutos en disiparse. Y aunque la amenaza implícita de sus palabras era sumamente clara y peligrosa, por primera vez en muchos días, sentí que tenía un objetivo real sobre el cual aferrarme: trabajaría hasta el cansancio, pasaría completamente desapercibida ante los ojos de la manada y, por encima de todo, ocultaría con mi vida el secreto que tal vez ya crecía con fuerza en mi interior. El tiempo, a partir de este momento, era mi único y más valioso aliado.






