El sabor persistente de su boca todavía permanecía intacto en la mía: una densa mezcla de menta fresca, rabia incontenible y el inconfundible, potente y abrumador dominio de un Alfa salvaje. El beso forzado de Xavier no había funcionado en absoluto como un castigo disciplinario; había sido un acto de propiedad cruda, animal y posesiva que me había despojado, de un solo golpe, de mi última defensa emocional ante él.
Me quedé completamente pegada contra la pared fría, sintiendo mis rodillas tembl