El silencio. Por fin, el bendito y absoluto silencio.
La piedra de luna gris incrustada en el collar de cuero había funcionado con una precisión milimétrica. Me desperté a la mañana siguiente experimentando una calma interna que no había vuelto a sentir desde el fatídico día en que la Omega desterrada, Madeline, había pisado por primera vez mi territorio. El canal invisible del Vínculo ya no gritaba con violencia mi propia angustia ni exigía a zarpazos mi protección irracional; ahora se reducía