Su abierto desafío en la sala de entrenamiento, ese puño diminuto e impotente golpeando con desesperación mi pecho firme, había sido la gota definitiva que colmó el vaso de mi paciencia. No se trataba únicamente de la evidente mentira que rodeaba a su supuesta enfermedad, sino de la intolerable audacia de utilizar mi propia autoridad y mis debilidades biológicas como un arma de manipulación en mi contra. Me había llamado torturador en mi propia cara. Y lo peor de todo, lo que verdaderamente me