La tranquilidad duró poco, como era de esperarse.
Días enteros sin llamadas extrañas a medianoche, sin discusiones que terminaban en gritos ahogados, sin amenazas disfrazadas de consejos...
Para Dante, aquello ya era más que sospechoso; era una anomalía que ponía todos sus sentidos en alerta máxima. Había aprendido, a base de golpes duros y pérdidas irreparables, que en su mundo la calma nunca era gratuita. Siempre venía precedida de algo peor.
La luz del sol se filtraba a través de los altos