El mensaje desapareció de la pantalla del teléfono, pero las palabras se quedaron clavadas en la mente de Dante como un hierro al rojo vivo.
"No es una cena. Es una distracción."
La adrenalina le recorrió el cuerpo en una oleada caliente, acelerándole el pulso y tensando cada uno de sus músculos.
Por un segundo, el instinto primitivo amenazó con tomar el control: volcar la mesa, desenfundar el arma que llevaba oculta bajo la chaqueta, exigir respuestas a gritos. Años atrás, eso era exactamente