La lluvia de Londres no había dado tregua en todo el día. Era esa llovizna fina y persistente que calaba hasta los huesos sin hacer ruido, la que hacía que las calles parecieran pintadas con acuarela gris.
Cuando Dante y Valentina cruzaron la puerta del penthouse eran casi las siete de la tarde, pero el cielo ya había decidido que la noche empezará temprano. Entraron empapados, dejando charcos pequeños en el suelo de mármol pulido.
La ropa les colgaba arrugada y desarreglada, la camisa de Dan