Habían transcurrido exactamente un mes y doce días desde aquella tarde lluviosa en la que la verdad salió a la luz en el salón del penthouse. Un mes y doce días de una rutina que se había asentado con lentitud, como arena fina que se filtra entre los dedos hasta encontrar su forma definitiva.
Vittorio no había vuelto a manifestarse de ninguna manera tangible, ni un correo cifrado, ni un rumor filtrado en los pasillos de la ciudad londinense, ni una mención velada en los periódicos financieros