La lluvia había cesado al amanecer, dejando tras de sí un olor fresco a tierra mojada y musgo. Los campos alrededor de la aldea del sur, recién integrada a la alianza, parecían respirar más tranquilos, como si las raíces mismas se hubieran relajado tras el ritual de fusión. Sin embargo, bajo esa aparente calma, Amara sentía el temblor de una advertencia que aún no tomaba forma. Algo se deslizaba entre las grietas del nuevo pacto… una sombra sin rostro, pero con dientes.
Desde la