El bosque junto al faro era un mar de troncos retorcidos y maleza cerrada, cubierto por una neblina espesa que se arrastraba por el suelo como una bestia silenciosa. Las copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz, y el aire olía a tierra húmeda y a algo más... una presencia latente, ancestral.
Amara y Lykos avanzaban en formación, los lit toros encendidos en alto —cristales lumínicos con núcleos encantados— que proyectaban círculos carmesíes a través de la bruma. Sus sentidos, agudizados