La antorcha parpadeaba al descender por la estrecha escalera de caracol, dejando tras de sí un rastro de luz morada. El aire estaba cargado de humedad salina y un tenue olor a moho que se adhería a la túnica de Amara. Con cada paso, ella sentía cómo la piedra milenaria recogía el eco de sus botas, como si el faro entero fuera un organismo vivo que respiraba en la penumbra.
—Casi llegamos —susurró Amara, activando la runa de iluminación en su palma—. Mantén los sentidos alerta.
Lykos la seguía,