El día avanzó con la velocidad inquieta de un presagio. Las campanas del faro resonaban, no con la melodía usual de guía para los viajeros, sino con un tañido grave, un llamado a reunión. En las calles de Luminaria, el bullicio de los mercados se apagaba poco a poco mientras la noticia del regreso del Colmillo Roto se deslizaba entre susurros temblorosos.
En el salón de piedra que servía como cámara del consejo, la tensión era palpable. El aire olía a cera de velas consumidas, a cuero mojado p