La luna estaba alta, desbordando su luz pálida sobre los muros de Luminaria, tiñendo de plata las torres y las cúpulas de cristal. La ciudad parecía contener el aliento, como si aguardara un presagio oculto entre las sombras. El faro, firme, seguía girando con su destello rúnico, aunque esa noche su brillo tenía un matiz extraño, como si un velo lo oscureciera por momentos.
Amara lo percibió primero, esa vibración inquietante que recorría el aire como una cuerda tensada a punto