La cueva del Oráculo surgía ante ellos como una bocanada de sombra en lo alto del promontorio. Tras dos agotadoras jornadas de viaje, el carruaje descansaba abajo, sus ruedas hundidas en la hierba húmeda. Amara y Lykos descendieron ayudados por Arik, mientras Vania permanecía a su lado, observando el entorno con ojos atentos. El aire aquí era más fino, el viento gélido se colaba entre los pliegues de sus capas y arrancaba escalofríos, recordándoles la absoluta soledad de ese lugar sagrado.
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