Max se desabrochó la camisa sin apuro, con esa seguridad que no necesita presumir, pero que lo invade todo. Cada botón que caía era una provocación muda. Su pecho quedó al descubierto bajo la luz tenue que llenaba la habitación de sombras que temblaban al ritmo de sus respiraciones.
Luego bajó el pantalón.
Mia lo observó sin poder pestañear, como si el mundo se hubiese detenido justo ahí, entre el crujido del cierre y el momento en que su dureza quedó expuesta ante sus ojos. Y entonces el tiemp