El ascensor privado del rascacielos negro se detuvo en el piso presidencial con un leve aviso electrónico.
Al abrirse las puertas de metal dorado, me topé de frente con la imponente silueta de Ezra, quien me esperaba en el pasillo central vistiendo un traje gris de tres piezas impecable. Su rostro esculpido no reflejaba el menor rastro de pánico, pero sus intensos ojos grises denotaban una seriedad extrema que me puso la piel de gallina al instante.
Sin mediar palabra, tomó mi mano izquierda, e