El ascensor privado nos dejó en el piso más alto en medio de un silencio absoluto que se sentía como una soga apretada.
Al cruzar el umbral del apartamento, me despojé de la chaqueta de mi sastre gris claro con movimientos rápidos, arrojándola sobre la consola de madera de la entrada. Mi blusa de seda fina se sentía pegada a la piel por culpa del sudor frío que la adrenalina de la junta de París me había provocado.
Ezra cerró la puerta principal con un golpe seco, desabrochándose el chaleco de