Mundo de ficçãoIniciar sessão...Apreté los dientes ante su arrogancia, pero continué leyendo, decidida a marcar mis límites territoriales en su lujoso hogar. y a no dejarme pisotear por el infeliz.
—Regla número dos —continué, señalando el papel—. Habitaciones estrictamente separadas. Sé que tu contrato exige que vivamos bajo el mismo techo para engañar a los paparazzi que vigilan la torre, pero no pienso compartir la cama contigo. Dormiré en el área opuesta de este lugar, y tu habitación es zona prohibida para mí, al igual que la mía lo será para ti. A puerta cerrada, somos dos extraños que no se conocen.
—Concedido —replicó Ezra sin pestañear, tomando un sorbo corto de su vaso de cristal—. Este departamento tiene cuatro suites principales independientes. Elige la que quieras, lo más lejos posible de la mía. No tengo el menor interés en compartir mis noches con una mujer impulsiva y ruidosa que azota las puertas de mis autos. ¿Cuál es la tercera?
—Regla número tres. Prohibición absoluta de contacto físico no consensuado —sentencié, dando un pequeño paso hacia adelante para enfatizar mis palabras—. No me tocas, no me abrazas, no pones tus manos en mi cintura y, bajo ninguna circunstancia, me besas si estamos a solas en este lugar.— Continue diciendo.
—Las demostraciones de afecto, las miradas intensas y los gestos posesivos quedan reservados de forma exclusiva para cuando estemos frente a las cámaras de la prensa, en eventos de la alta sociedad o frente a tu familia.
En el segundo en que la puerta de este penthouse se cierre, la distancia física debe ser de al menos un metro. Nada menos.
Ezra soltó una risa corta, un sonido grave y ronco que vibró en el aire y me revolvió el estómago de una forma extraña. Dio un paso hacia mí, rompiendo mi propia regla de distancia antes de que el contrato estuviera firmado, quedando tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su pecho musculoso.
—¿Tanto te asusta mi tacto, Bianca? —preguntó con una voz tan baja y seductora que pareció una caricia prohibida—. ¿O tienes miedo de que tu cuerpo no pueda resistir la cercanía del hombre al que le arrojaste tus ahorros en la cara?
—Sss... Me asusta tu ego, Vardan —mentí descaradamente, sintiendo que el corazón me estallaba en el pecho por la tensión sexual que flotaba entre ambos—. Aléjate y déjame terminar.
Él dio un paso atrás con una lentitud exasperante, manteniendo esa mirada analítica que parecía leer cada uno de mis pensamientos ocultos.
—Te escucho, termina con tu lista antes de que me canse de tu aburrida creatividad.
—Regla número cuatro. Respeto absoluto a mi privacidad y a mi trabajo —dije, recuperando el aire—. Sé que vas a financiar mi estudio de diseño para blindarme contra los ataques de Cristhian, pero el dinero es un préstamo corporativo que te pagaré hasta el último centavo cuando esto termine.— Prosegui...
—No tienes derecho a opinar sobre mis bocetos, no puedes interferir en mis decisiones creativas y no tienes permitido controlar mis horarios de trabajo. Mi estudio sigue siendo mío, no una subsidiaria de tu holding hotelero.
—Él respondió. No me interesa el diseño de modas, Bianca. Mucho menos el tuyo. Solo me interesa que tu empresa se vea exitosa ante el consejo de administración para justificar nuestro compromiso —respondió con frialdad—. Mientras mantengas una imagen impecable ante los medios, puedes coser lo que quieras. ¿Cuál es la última regla?
—Regla número cinco —concluí, doblando el papel arrugado y mirándolo con una seriedad que rayaba en la advertencia—. Transparencia total sobre las amenazas. Si tu familia, tu padre o el consejo de administración de tu corporación intentan atacarme, investigarme o presionarme para que me aleje, debes informarme de inmediato.— Le segui diciendo.
—No voy a permitir que me utilices como un escudo ciego mientras las víboras de tu entorno me muerden por la espalda. Si hay peligro mediático o familiar, quiero saberlo en el mismo instante en que ocurra.
Ezra se quedó en completo silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Su mirada gris se volvió profunda, fría y calculadora, como si estuviera sopesando los pros y los contras de cada una de mis palabras.
Finalmente, estiró su mano larga y de dedos estilizados, tomó el papel arrugado de mis manos y lo dejó caer sobre la mesa de centro, justo encima de los documentos legales.
—Tus reglas son aceptables, pequeña diseñadora —sentenció él con una autoridad implacable—. Mis abogados las incluirán como un anexo firmado en el contrato principal en este mismo momento. —Se dió media vuelta a sus abogados y les entrego mi papel de cuaderno. —Seis meses de convivencia forzada. Ante el mundo exterior, seremos la pareja más apasionada, posesiva y perfecta que este país haya visto jamás. Un romance de portada de revista. Pero a puerta cerrada, seremos dos socios ejecutando un frío acuerdo comercial. ¿Tenemos un trato oficial, futura señora Vardan?
Miré el bolígrafo de oro sobre la mesa. El orgullo dentro de mi pecho dio un último grito de protesta, pero la imagen de mi estudio salvado y la inminente caída profesional de Cristhian Olmos sepultaron mis dudas. Caminé hacia la mesa, tomé el bolígrafo y estampé mi firma con trazos firmes en la última página del documento sobre la carpeta de cuero.
Sus abogados se quedaron mirandome, porque estaba firmando antes de las ultimas correcciones. Yo disimulé y continue.
—Tenemos un trato, Vardan —dije, soltando el bolígrafo y mirándolo a los ojos con toda la firmeza que pude reunir.
Ezra sonrió de esa manera lenta, peligrosa y sumamente atractiva que me heló la sangre por completo. Caminó hacia el teléfono intercomunicador de la pared, presionó un botón y habló con una voz de mando que no admitía réplicas.
—Traigan las pertenencias de mi prometida desde el vehículo. Y avisen al departamento de prensa que la señorita Serna ya se encuentra instalada en el penthouse.
Di media vuelta a mi cabeza hacia el ventanal, viendo cómo las nubes comenzaban a cubrir el cielo de la ciudad. Acababa de firmar mi entrada voluntaria a una jaula de oro de la que no tenía idea cómo escapar, y el hombre que sostenía la llave estaba mirándome como un depredador que finalmente había atrapado a su presa.







