Mundo ficciónIniciar sesiónEl ascensor privado de la Torre Vardan no hacía el más mínimo ruido. Subía a una velocidad impresionante a través del corazón del rascacielos de cristal negro, pero lo único que yo podía escuchar en ese espacio cerrado era el eco desbocado de mis propios latidos.
Miré mi reflejo en las paredes de espejo pulido. Llevaba unos vaqueros gastados, una blusa sencilla de algodón y mi bolso de mano apretado con fuerza contra el pecho. La noche anterior, vestida con el satén negro y los labios rojos, me sentía como una reina lista para la guerra.
Hoy, bajo la cruda luz del día, me sentía como una intrusa vestida de civil invadiendo un palacio que no me pertenecía.
Un pitido suave y aristocrático anunció la llegada al piso más alto. Las puertas de metal dorado se deslizaron con una elegancia silenciosa, abriéndose directamente al interior del penthouse de ultra-lujo de Ezra Vardan.
Me quedé completamente quieta en el umbral, conteniendo el aliento por el impacto visual.
El lugar era un espectáculo de opulencia minimalista. Los techos eran tan altos que daban una sensación de catedral moderna. Las paredes exteriores eran por completo de cristal templado, mostrando la inmensidad de la ciudad entera extendiéndose a nuestros pies como si fuera un mapa o un juguete costoso.
El suelo de mármol blanco pulido reflejaba la luz del sol con una intensidad que casi cegaba, y los muebles de diseñador en tonos grises, negros y caoba estaban dispuestos con una simetría perfecta, fría y calculada. Todo en este sitio gritaba poder, control y mucho dinero.
—Llegas exactamente tres minutos tarde, pequeña diseñadora —una voz profunda, ronca y pausada rompió el silencio sepulcral del lugar.
Giré la cabeza hacia la derecha con un sobresalto, tratando de ocultar los nervios que me carcomían las entrañas. Ezra estaba de pie junto a un enorme ventanal que daba al sector financiero de la ciudad, sosteniendo un vaso de cristal corto con un líquido ambarino que se movía lentamente al compás de su mano.
Me quedé helada al mirarlo detalladamente. No llevaba el impecable esmoquin de la boda ni el traje gris hecho a medida con el que lo había visto en su despacho corporativo. Esta tarde vestía una camiseta negra de algodón de una marca evidentemente costosa que se ajustaba a la perfección a sus hombros anchos y atléticos, y unos pantalones oscuros de corte relajado. Llevaba el cabello oscuro ligeramente despeinado, cayendo con un descuido peligroso sobre su frente, y las mangas de la camiseta revelaban unos antebrazos firmes, marcados por venas sutiles que delataban una fuerza física imponente.
Esa ropa casual lo hacía ver menos como un CEO inalcanzable de las revistas de finanzas y más como un hombre peligrosamente real, magnético y sumamente atractivo. Mi cuerpo reaccionó de inmediato a su cercanía con un escalofrío que no pude controlar.
Ezra se giró lentamente sobre sus talones, clavando sus intensos y fríos ojos grises directamente en los míos. Su rostro era una máscara de hielo. No había una sonrisa de triunfo en sus labios perfectos, ni un ápice de burla por el hecho de que yo hubiera tenido que tragarme mi orgullo y llamarlo por teléfono para pedirle ayuda. Solo mostraba la fría y absoluta calma de un estratega experimentado que sabía, desde el primer segundo, que yo terminaría regresando a buscarlo.
—El tráfico de la avenida principal estaba pesado, Vardan —respondí, obligando a mis piernas a avanzar por el reluciente suelo de mármol, haciendo que el eco de mis zapatos planos resonara en el gran salón. Levanté la barbilla, sosteniendo mi postura más firme. No iba a permitir que me viera intimidada por su riqueza ni por su presencia—. Además, no vine hasta aquí para hablar de horarios o de puntualidad. Vine a lo que acordamos. Vine a firmar.
Ezra caminó con pasos lentos y felinos hacia una mesa de centro de caoba oscura donde reposaba una elegante carpeta de cuero negro junto a un bolígrafo de oro. Se detuvo a un lado de la mesa, se cruzó de brazos sobre su amplio pecho y me miró con fijeza, analizándome de arriba abajo en un segundo.
—Mis abogados personales ya redactaron todos los términos legales del acuerdo de seis meses —dijo con una tranquilidad que me encendió la sangre—. La manutención total y el financiamiento de tu estudio de diseño independiente están asegurados en la cláusula número cuatro del documento. Mis analistas financieros ya comenzaron el bloqueo de créditos contra la distribuidora textil de la familia de Cristhian Olmos desde hace dos horas. Yo cumplo mis promesas al pie de la letra, Bianca. Ahora te toca a ti cumplir tu parte.
—Me parece perfecto que seas tan eficiente —le respondí, plantándome firmemente a un metro de distancia de él, negándome a mirar la carpeta de cuero—. Pero antes de que ponga mi firma en cualquiera de tus papeles, vas a tener que aceptar mis condiciones.
Con un movimiento decidido y rápido, metí la mano en el bolsillo trasero de mis vaqueros y saqué una hoja de papel de cuaderno. Estaba arrugada, doblada en cuatro partes y escrita a mano con mi propia caligrafía apresurada durante el trayecto en el automóvil blindado de su chofer.
Ezra arqueó una ceja perfecta, mirando el papel arrugado como si fuera un objeto extraño proveniente de otro planeta. Una pequeña y despectiva sonrisa irónica apareció en la comisura de sus labios.
—¿Qué se supone que es eso? —preguntó, con un tono cargado de esa arrogancia aristocrática que tanto me irritaba.
—Mis cinco reglas de convivencia indispensables, Vardan —le respondí, desdoblando la hoja con un golpe seco del aire y sosteniéndola firmemente frente a su pecho—. Dijiste por teléfono que aceptarías mis cláusulas si yo aceptaba tu farsa corporativa. Así que las vas a escuchar una por una antes de que firme tus elegantes documentos de cincuenta páginas. No soy una de tus empresas, no me voy a someter a tus normas sin pelear.
Ezra no se movió ni un milímetro hacia atrás. Al contrario, redujo la distancia entre nuestros cuerpos con un solo paso impositivo, obligándome a tirar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la mirada debido a nuestra abrumadora diferencia de estatura. El aroma de su loción, esa mezcla embriagadora de madera, ámbar y éxito, me inundó los sentidos de golpe, acelerándome el pulso de una forma alarmante.
—Te escucho con atención, pequeña diseñadora —susurró, su voz bajando a un tono peligrosamente bajo, ronco y concentrado que me erizó la piel de los brazos—. Lee tus famosas reglas. Veamos qué tan exigente puedes llegar a ser cuando estás acorralada.
Tragué saliva con dificultad, manteniendo la vista fija en sus ojos grises para que no notara el leve temblor de mis manos al sostener el papel.
—Regla número uno. La regla de oro de este bendito trato —declaré con voz firme, cortante y clara—. Está absolutamente prohibido enamorarse o desarrollar cualquier tipo de sentimiento real entre nosotros. El primero de los dos que se declare amor, que confiese un enamoramiento o que rompa la barrera estrictamente profesional de este contrato absurdo, lo pierde todo. Se va de este penthouse de inmediato, con las manos vacías, sin recibir un solo centavo de los fondos y con el acuerdo cancelado por completo frente a los medios. El primero que desarrolle sentimientos... Pierde el juego.
El silencio que siguió a mis palabras dentro del gigantesco salón fue ensordecidor. El segundero de un reloj de pared parecía marcar cada latido de mi corazón. Fijé mis ojos en los suyos, esperando una réplica airada, una burla cruel o un ataque de egocentrismo de su parte.
Sin embargo, la mirada de Ezra se oscureció por un milisegundo mientras descendía de forma lenta e inevitable hacia mis labios, provocándome un escalofrío salvaje que me recorrió toda la columna vertebral.
Una sonrisa lenta, peligrosa y sumamente desconcertante comenzó a dibujarse en su rostro de piedra.
—Eso no será un problema en absoluto para mí, Bianca —dijo con una seguridad implacable que me caló hasta los huesos—. El amor es una debilidad empresarial y personal que no me permito bajo ninguna circunstancia. Mi corazón no está en venta ni en juego. Así que acepta mis términos, si te enamoras de mí durante estos seis meses... quedarás en la calle absoluta y destruida por tu propia debilidad. Lee la siguiente...







