El ascensor privado de la Torre Vardan no hacía el más mínimo ruido. Subía a una velocidad impresionante a través del corazón del rascacielos de cristal negro, pero lo único que yo podía escuchar en ese espacio cerrado era el eco desbocado de mis propios latidos.
Miré mi reflejo en las paredes de espejo pulido. Llevaba unos vaqueros gastados, una blusa sencilla de algodón y mi bolso de mano apretado con fuerza contra el pecho. La noche anterior, vestida con el satén negro y los labios rojos, me