El ritmo acelerado de su corazón contra mi pecho comenzó a estabilizarse justo cuando la primera claridad del amanecer se filtraba por los ventanales de la suite.
Ezra abrió los ojos de golpe, con la mirada desorientada y una rigidez física que tardó varios segundos en abandonar sus hombros atléticos. Al notar que mis brazos lo rodeaban y que su cabeza descansaba cerca de mi hombro, se quedó completamente inmóvil, como si intentara procesar si este abrazo era parte del letargo o una realidad.
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