El espeso silencio de la suite se volvió denso, pesado y sumamente asfixiante a mitad de la madrugada.
Me encontraba recostada en mi rincón seguro de la colchonería. La neblina de la ciudad extranjera golpeaba con insistencia los cristales del ventanal panorámico, proyectando sombras que distorsionaban mis pensamientos.
El recuerdo de la confesión de Ezra en el comedor seguía dándome vueltas en la cabeza, abriendo una grieta insalvable en la percepción que tenía de su frialdad.
Saber que Alana