Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa mañana del lunes llegó con una falsa sensación de calma.
Me preparé una taza de café bien cargado, me puse unos vaqueros cómodos y me senté frente a la computadora de mi estudio. Tenía tres contratos importantes pendientes para esa semana con marcas locales de ropa. Ese dinero era mi salvación. Con eso pagaría las deudas y le demostraría a Ezra Vardan que no necesitaba su maldito imperio.
A las nueve en punto, mi teléfono comenzó a sonar. Era Mariana, la directora de Moda Urbana, la empresa más grande con la que iba a firmar ese mismo mediodía.
—¡Hola, Mariana! Ya tengo listos los bocetos finales... —comencé a decir con mi mejor voz profesional.
—Bianca, lo siento mucho —la voz de Mariana sonaba extrañamente fría y distante—. Me comunico contigo para cancelar la reunión y el contrato.
El corazón se me detuvo por un segundo.
—¿Cancelar? —logré articular, sintiendo un nudo en la garganta—. Pero si ya habíamos acordado los términos. ¿Pasó algo?
—Hemos decidido ir en otra dirección creativa. Es una decisión de la junta de la empresa. No hay nada más que discutir. Éxito en tu futuro.
La línea se cortó antes de que pudiera exigir una explicación. No tuve tiempo de procesar. Cuando una notificación de correo electrónico iluminó la pantalla de mi computadora.
Era el segundo cliente, Textiles del Norte. El mensaje era formal, escueto y redactado por abogados, Por motivos de reestructuración interna, cancelamos de forma inmediata el acuerdo de colaboración con Serna Diseños.
El pánico real, ese frío que te cala hasta los huesos, se instaló en mi pecho.
Dos cancelaciones en menos de diez minutos no eran una coincidencia creativa. Era un ataque directo. Las palabras de Ezra en el auto regresaron a mi mente con la fuerza de un camión sin frenos. Tu ex novio es un hombre sumamente rencoroso, ambicioso y con una red de influencias importante en tu sector comercial. Intentará destruirte profesionalmente.
Apreté los dientes, sintiendo una mezcla de rabia y desesperación absolutas. Cristhian Olmos. Su familia era dueña de una de las cadenas de distribución textil más grandes de la región.
Bastaba una sola llamada suya, una sola amenaza de retirar sus productos de las tiendas, para que cualquier marca pequeña decidiera cerrarme las puertas por miedo a represalias financieras.
Tomé mi bolso, salí de mi departamento y manejé a toda velocidad hacia la oficina del tercer cliente, un diseñador emergente que se había vuelto un buen amigo mío. Si alguien me iba a decir la verdad, era él.
Cuando entró a su taller, él estaba ordenando unos rollos de tela. Al verme, su rostro palideció y miró hacia la puerta con nerviosismo, como si temiera que alguien nos viera juntos.
—Bianca... no deberías estar aquí —susurró, acercándose a mí en voz baja.
—Dime qué está pasando, por favor —le supliqué, tomándolo del brazo—. Me cancelaron los dos contratos más grandes de mi mes. ¿Fue Cristhian?
Mi amigo soltó un suspiro pesado, lleno de culpa, y asintió lentamente.
—Olmos hizo llamadas a todos los directores de moda de la ciudad el domingo por la mañana, justo después de la boda. Les dio un ultimátum, el que trabaje con Bianca Serna, pierde el derecho de distribución de las telas de su corporación.
Nadie va a arriesgar su empresa por una diseñadora independiente, Bianca. Estás en la lista negra de la moda local, lo siento mucho.
Salí del taller con las piernas convertidas en gelatina. Caminé por la acera de la avenida principal sin rumbo fijo, mientras las lágrimas de impotencia finalmente ganaban la batalla y rodaban por mis mejillas.
Estaba destruida. Cristhian se había llevado mis ahorros, me había engañado con mi mejor amiga y ahora me estaba quitando el derecho a trabajar y ganarme la vida. En menos de veinticuatro horas, mi pequeño mundo independiente se había desmoronado por completo tal como Ezra lo había predicho.
Me detuve frente a una enorme vitrina de cristal de un centro comercial. En la pantalla de televisión gigante del mostrador de tecnología, se estaba transmitiendo el programa de chismes más visto del país.
Ahí estaba yo.
Una fotografía de la noche del sábado, capturada justo en la entrada del Hotel Vardan, llenaba la pantalla. La imagen mostraba a Ezra rodeándome la cintura con posesión, mirándome con esa intensidad implacable bajo las luces doradas. El titular en letras rojas gigantes decía. ¿QUIÉN ES LA MISTERIOSA MUJER QUE CONQUISTÓ AL EXIGENTE CEO EZRA VARDAN? EL COMPROMISO QUE HACE TEMBLAR EL MERCADO HOTELERO.
El periodista en la televisión hablaba con entusiasmo. “Fuentes cercanas aseguran que el magnate hotelero está listo para sentar cabeza con una joven diseñadora, desafiando los deseos de su propio padre...”.
Miré la pantalla y luego bajé la vista hacia mi bolso de mano. Busqué en el fondo, entre mis llaves y mis labiales, hasta que mis dedos tocaron el trozo de papel fino. Lo saqué y miré los diez dígitos anotados con la caligrafía impecable y aristocrática de Ezra.
El orgullo dentro de mí luchó con todas sus fuerzas, pero la imagen de mi cuenta bancaria en cero y la cara de triunfo de Cristhian Olmos ganaron la partida. No iba a dejar que mi ex novio me viera derrotada en el suelo. Si tenía que venderle mi alma a alguien para poner a Cristhian de rodillas, lo haría. Y ese alguien vestía de esmoquin hecho a medida y tenía los ojos grises.
Marqué el número. El teléfono no llegó a dar el segundo tono cuando la voz profunda, ronca y pausada de Ezra resonó en mi oído, como si hubiera estado esperando la llamada junto al aparato.
—Te tomaste menos tiempo del que calculé, pequeña diseñadora —dijo, con un tono cargado de una satisfacción fría y sumamente arrogante que me erizó la piel.
—Quiero firmar el contrato, Vardan —respondí, obligando a mi voz a sonar firme a pesar del nudo de humillación en mi garganta—. Seis meses. Bajo tus condiciones corporativas. Pero exijo poder colocar unas clausulas
que yo redactaré, ademas que tu primer movimiento sea destruir profesionalmente a Cristhian Olmos.Se produjo un silencio ensordecedor al otro lado de la línea. Pude imaginarme perfectamente esa sonrisa lenta y peligrosa dibujándose en sus labios perfectos en su gigantesco despacho del piso catorce.
—Tu ex novio ya es hombre muerto, Bianca —sentenció Ezra con una autoridad implacable—. Mi chofer está en camino a tu departamento en este mismo instante para traerte a la torre. Ven preparada. A partir de hoy, tu vida me pertenece.







