La mañana del lunes llegó con una falsa sensación de calma.
Me preparé una taza de café bien cargado, me puse unos vaqueros cómodos y me senté frente a la computadora de mi estudio. Tenía tres contratos importantes pendientes para esa semana con marcas locales de ropa. Ese dinero era mi salvación. Con eso pagaría las deudas y le demostraría a Ezra Vardan que no necesitaba su maldito imperio.
A las nueve en punto, mi teléfono comenzó a sonar. Era Mariana, la directora de Moda Urbana, la empresa