Me encerré en mi oficina de lujo, con un golpe seco de la puerta de madera, apoyándome de espaldas contra la estructura mientras el pulso me martilleaba las costillas de pura rabia concentrada.
La noticia del colapso financiero de la distribuidora automotriz de Yorman Soto en la bolsa local, informada por Marisol hace escasos minutos, seguía quemándome el cuerpo. Ezra Vardan había ejecutado una contraofensiva destructiva de madrugada con una visión analítica implacable, reduciendo mis primeros