El aire en el despacho central se había vuelto tan denso, caliente y sumamente espeso que cada bocanada de oxígeno operaba como un puñal directo en mis pulmones fatigados por la paranoia real.
Cristhian Olmos mantenía una sonrisa torcida, ordinaria y mientras sus directores ilegales de baja calaña, extendían las ordenes de mando para iniciar el precinto perimetral de mi planta técnica de costura. Me obligué a sostener la postura recta y rígida de mi sastre azul marino cruzado, apretando los puñ