El espeso silencio sepulcral que dominaba la recámara principal del departamento se rompió únicamente por el siseo metálico de la cremallera de mi maleta de viaje.
Me pasé los primeros minutos de la tarde dentro del vestidor de caoba compartido, doblando mis prendas textiles con una lentitud abrumadora, que delataba la profunda quiebra absoluta de mis ilusiones. Decidí ponerme un pantalón oscuro y un abrigo impermeable en tono negro riguroso, buscando en la rigidez de mi indumentaria una barre